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RadioAmanecer

  

sábado, 6 de marzo de 2010

Regalos de la vida (I)

Soy un hombre, no especial, solo un hombre que ha estado viviendo en un desierto disfrazado de oasis, lo que creí que era arena humedecida por el verde de la hierba, por la humedad revitalizante de la vida, no era más que polvo, polvo que al tomarlo entre mis manos se deslizaba entre mis dedos, por muy grande que fuese la cantidad de arena que tomase en ese lugar siempre acababa con mis manos vacías. Respiraba polvo, sentía el polvo entrar en mi ser y todo dentro de mí se quedó bañado en polvo, los resortes de mis emociones se detuvieron, empezó a dirigir mi vida un piloto automático que tenía dos prioridades vivir la vida lo mas rápido posible para que las cosas pasaran casi sin darme cuenta, aunque supusiese un peligroso y vertiginoso descenso cuyo final no me importaba y sentir lo menos posible eso me ahorraba dolor, pero también placer, no me permitia disfrutar pero lo importante es que no me dejaba sufrir.

Hace ahora un poco más de dos años en mi desierto hizo acto de presencia la criatura mas maravillosa del mundo, un hijo, mi hijo, me bañó el alma de tal manera que me sentí vivo, empecé a cuidarme, quería pensar en vivir lo necesario para verlo crecer, para volcar todo el amor que tenia y que tengo para él. Su amor, sus caricias, sus besos hicieron que el polvo se acumulase en mis ojos y lloré muchas noches en la soledad de mi cama, lloraba de felicidad por tener algo tan hermoso, nunca he sido muy creyente pero esas noches daba gracias a dios por no poder dormir por tenerme que levantar a cambiar un pañal, dar un biberón, por salta de la cama al sentir un "buah", aunque solo fuese un sonidito y ver si estaba bien. Teniendo aquel ser entre mis brazos, hablándole, todo me daba igual tenía a quien dedicar mi vida, y a eso me dediqué. Abrí mi corazón y él lo llenó, pero mientras estaba así abierto yo continuaba respirando indiferencia, maldad, malas intenciones, y llegó hasta tan adentro que mis días se llegaron a limitar a los momentos de soledad en los cuales mi confidente era un maravilloso bebe.

Recuerdo el primer día que dijo mi nombre y me emociono al hacerlo, al igual que me emociono al pensar como le gustaba abrazarse a mí, supongo que siendo tan grande como soy se sentía seguro, algún día le tendré que explicar que el que se sentía seguro con él era yo. Desde el día de su nacimiento, un día 1 de Noviembre todos mis buenos recuerdos están asociados a gestos, miradas, juegos, caricias y besos suyos, ahora que empieza a hablar sus palabras me llenan de vida, y yo le hablo, le cuento y le explico, no sé cuál es el concepto de buen padre, pero espero que algún día mi hijo sepa que he intentado darle lo mejor de mi incondicionalmente, al igual que ha hecho mi padre conmigo, que soy novato, que tengo fallos, que soy muy besucón, pero sobre todo que sepa que lo quiero.

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